Memorias

2 11 2009

Aún siendo pequeña, fui seria. Era de las niñas excéntricas que se sentaba sola en los recesos o exploraba por su cuenta los rincones. En clase erala niña que terminaba primero los exámenes, recuerdo en muchas ocasiones haber dicho en mi mente “que ridículo es eso que hacen”…. Recuerdo que me escondía, para no estar con otras personas. Una vez en particular les dije a las niñas que tenia que ir al baño y esperar en esa fila de 10 personas, y esa misma mañana ellas se enojaron conmigo porque cuando me fueron a buscar, yo no estaba allí, y comprendieron la mentira, verdadera intención de mi corazón infantil.

Recuerdo ese colegio, esa edad y la primera vez que dije “mabe”. De algún lado lo aprendí, a alguien escuché y lo quise repetir, aunque en mi mente esa palabra solo me traía imágenes de lavadoras y refrigeradoras Mabe.

Recuerdo a Diana, la niña bonita de mamá y papá. Su cabello largo y liso, blanca y con dientes grandes. A mi me gustaba verla, por el hecho de que era bien… de revista. La llamaba Princesa Diana. Princesa Diana aquí, Princesa Diana allá. Sin embargo no sabía que a ella le molestaba, hasta que una sombría mañana, dramáticamente al escuchar una vez más su apodo (de cariño claro) lanzó frenéticamente su paleta de corazones contra el pavimento del patio, destrozandola en pedazos, mientras ella, indignada, corría al salón de clase. Solo reí… Y corrí tras mi Princesa.

La vi llorar, contra la mesa de su pupitre, y tocando su cabello le dije “lo siento”, entre mocos y lágrimas sonrió y salimos juntas otra vez, la Princesa Diana era de las pocas compañías que disfrutaba.

Andrea me parecía un oso panda a punto de comerme, Cindy era esa niña ruda que peleaba conmigo por atención, aunque mi compañera en el crimen, nuestros tenis compartieron un estante en el armario del salón, y nuestros calcetines se ensuciaron juntos al correr por todo el patio. Recuerdo solo la silueta de la niña que no me quiso prestar el borrador una vez, y ese fue le nacimiento del orgulloso “borrador de dedo” que en efecto, borraba.

Recuerdo a Gloria que parecía siempre buscar algo, con la mirada siempre atenta, y recuerdo a René, el niño con el labio enorme porque le había picado una abeja.

Y aquel pensamiento de aquel entonces, lo recuerdo, mi visión del exterior, repulsión y admiración del mundo. Y parece que soy la misma excéntrica de aquel entonces, pero diferente, es bien sorprendente el haber crecido y desarrollado características de Maite y de nadie mas.
Cada uno de nosotros somos el proyecto más interesante de todos, crecer y aprender, construir una escalera sin fin.

Somos todos un proceso, una esencia. Somos los mismos de hace 10, 15, 20 años. Conocemos nuestros errores y sabemos con detalle nuestras caídas, tenemos todo ese escenario de experiencias que partieron de una sola cosa: Esencia.

Nadie, nadie, nadie, estoy segura, puede perder su esencia, puede estar escondida, encadenada, pero incluso eso sabemos, en que lugar la hemos escondido y las veces que por negligencia, orgullo o vanidad, la negamos deliberadamente sin compasión,  aunque si con remordimiento.

Un lápiz enterrado en el brazo, una despedida de un ser querido,  una “sinchaceada” de aquellas, un viaje, una caída, una llorada… Al evocar las memorias y recuerdos, los valoramos y apreciamos tanto con ternura al vernos a nosotros mismos, pequeños e indefensos enfrentarnos con coraje a la vida, orgullosos de llegar a donde estamos.

Es ese mismo coraje de niños el que debemos conservar a través del tiempo.

 


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